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viernes, 12 de abril de 2013

Lucanamarca: Genocidio Senderista (03/04/1983)


Autor:    Alberto Valencia Cardenas*
Fuente: Libro “Los crímenes de Sendero Luminoso en Ayacucho” (1992)

La primera gran masacre, pero no la única la perpetró SL el 3 de abril de 1983. Ya hemos visto que el propio Abimael Guzmán hasta en sus últimos detalles la acción. Guzmán lo ha dicho en la llamada “entrevista del siglo”.

Aquel 3 de abril de 1983 fueron muertos 80 campesinos en Lucanamarca y horas más tarde, 35 comuneros en Huancasancos. Viven todavía en Lima y Ayacucho algunos taciturnos testigos de estas sangrientas matanzas. Uno de los más conspicuos es el ex alcalde de Huancasancos don Próspero Huamánculi Dueñas.

Los 80 campesinos de Lucanamarca fueron victimizados en forma increíblemente cruel. La orgía de sangre comenzó con la identificación de los integrantes de las “mesnadas” (rondas campesinas). Cada campesino fue muerto abaleado, acuchillado u degollado. Algunos campesinos no murieron inmediatamente y quedaron pataleando en el suelo. Fue entonces cuando el jefe del operativo ordenó rematarlos cuidando de no gastar balas. Por eso dispuso que a los heridos se les ultimara destrozándoles los cráneos a pedradas. En Lucanamarca se cometieron los actos más salvajes que se pudieran imaginar. Algunos sobrevivientes como Julio Tito Quispe han confesado ante el cuartel “Cabitos de Huamanga” crímenes horribles como por ejemplo el de su esposa Zoraida, que estaba con seis meses de embarazo. Los terroristas la colgaron de un árbol de su propia casa. Luego le cortaron el estómago hasta arrancarle el niño, el cual medio vivo fue entregado a los perros.

El mismo Tito Quispe ha declarado que los terroristas asesinaron a su madre clavándola con una barreta en el suelo. Además ha narrado que a la Sra. Epifanía Vargas, vecina suya, que también estaba encinta, le abrieron el vientre, le arrancaron el niño y en su reemplazo le pusieron estiércol. “Los terroristas parecían borrachos y drogados” ha declarado ante la policía, Pascuala Palomino Cunti:

- “A mí me cortaron el cuello y la oreja. Felizmente no morí. Pero antes de desmayarme ví como dos mujeres con blue jeans mataban a picos y combas a unos seis o siete niños que lloraban reclamando a sus padres”.

En Lucanamarca fueron degollados 42 campesinos entre hombres, mujeres y niños. Es decir, se les cercenó la cabeza en una orgía de sangre que Abimael Guzmán dice haber preparado minuciosamente. Los 38 cadáveres restantes fueron encontrados salvajemente acuchillados, con las cabezas destrozadas aunque misericordiosamente enteros.

Toda esta matanza se perpetró en medio de gritos desaforados de “Viva la guerra popular”, “Viva el Presidente Gonzalo”, “Abajo los soplones”, “Mueran las mesnadas”, “Mueran los yana-humas”.

Cuenta Zoraida Kuntur Pariona que en medio del tumulto general, de vez en cuando, se escuchaba el alarido de alguna mujer que era madre, hija o esposa de alguno de los asesinados.

La masacre de Lucanamarca se publicó en todos los periódicos de Lima. Pero no ocasionó ni una sola protesta. ¿Por qué no hubo denuncia de Amnistía Internacional ó de la Comisión Andina de Juristas, o de la American Watch, o de los Abogados Democráticos? No lo sé, lamento decirlo, pero cuando se trata de campesinos asesinados por SL nunca hay protestas. No hay mítines de solidaridad. No hay editoriales. Nadie se rasga las vestiduras. En cambio cuando uno solo de los abogados democráticos resulta con un brazo amputado, entonces se conmueve el mundo. Los periódicos denuncian: los países “democráticos” reclaman investigaciones, los Estados Unidos envían comisiones y hasta el senador Edvard Kennedy (epígono de una de las familias más distinguidas de Norteamérica) propone castigos para el gobierno de Perú. 

Estas consideraciones (entiéndase bien) no avalan el terrorismo de Estado, ni justifican las bandas paramilitares. Lo que exigimos de los organismos internacionales es que tengan la misma solidaridad con los campesinos que con los abogados. A mí me gustaría que los asesinatos de los centenares de humildes ronderos produjesen la misma protesta. Yo soy un convencido que el mundo debe conocer las atrocidades que se cometen en los rincones más profundos de los andes peruanos.

Pero deben conocer las dos caras de la medalla; los excesos de la Fuerza Armada y la vesanía de Sendero Luminoso.

Sería absurdo negar que las Fuerzas Armadas y la Policía cometen genocidio. Pero estos excesos se conocen. De darles publicidad mundial se ha encargado no solamente el aparato de propaganda de Sendero Luminoso, también lo han hecho los abigarrados organismos que dicen defender los Derechos Humanos.

Para Amnistía Internacional – hasta hace poco- sólo las Fuerzas de la represión cometían atrocidades en el Perú. Y esto no es verdad. Debido a ello es que el Presidente Fujimori se ha visto en la necesidad de denunciar públicamente las violaciones de Sendero.

En el presente trabajo pretendo detallar las denuncias del presidente relacionadas exclusivamente al departamento de Ayacucho.

Muchos de los crímenes que estoy denunciando se conocen por primera vez debido a que las matanzas en mi tierra ya no llaman la atención. Ya no se publican. Ya no “son noticia” como dicen los periodistas. Son simples números que aumentan la lista salvaje de los 20 mil muertos.



*Alberto Valencia Cardenas (1930-2005) fue abogado, periodista, catedrático y juez. Fue elegido diputado por Ayacucho en 1990. En marzo de 1992 publicó el libro: “Los crímenes de Sendero Luminoso en Ayacucho”. Este artículo es parte de ese libro. Pueden leer más sobre el autor aquí.

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